Los hongos envían señales bajo tierra: el estudio científico que está cambiando nuestra visión del bosque .

Los hongos envían señales bajo tierra: el estudio científico que está cambiando nuestra visión del bosque

Cuando pensamos en un bosque, solemos imaginar árboles inmóviles, humedad, hojas caídas y una sensación de calma casi absoluta. Pero bajo esa aparente quietud ocurre algo mucho más complejo.

Bajo nuestros pies existe una red viva formada por hongos, raíces, agua, nutrientes y señales que la ciencia apenas empieza a descifrar. Y ahora, por primera vez con un diseño de campo amplio, un estudio ha demostrado que los hongos pueden mostrar flujos de información eléctrica entre setas vivas en plena naturaleza.

No hablamos de metáforas bonitas ni de una simple imagen poética del “internet del bosque”. Hablamos de un experimento real, medido con electrodos, analizado con herramientas estadísticas y publicado en Scientific Reports.

El estudio que puso electrodos en setas vivas

El trabajo fue dirigido por Yu Fukasawa y su equipo, y se centró en dos hongos ectomicorrícicos del género Hebeloma. Los investigadores estudiaron 37 cuerpos fructíferos en un bosque dominado por Quercus serrata en Japón, dentro de una parcela de 5 x 5 metros. Cada seta fue monitorizada eléctricamente cada segundo durante 3,5 días mediante electrodos colocados en el sombrero y en el pie.

El objetivo era averiguar si existía flujo de información entre los esporocarpos y cómo reaccionaba esa red ante distintos estímulos ambientales.

Y la respuesta fue clara.

Sí, los hongos muestran flujo de información eléctrica

Los resultados indicaron que la magnitud del flujo potencial de información entre las setas no quedó restringida a individuos del mismo clon ni siquiera a la misma especie. Aun así, ese flujo tendía a disminuir conforme aumentaban la distancia genética y la distancia espacial.

Traducido a un lenguaje sencillo: las setas más próximas tendían a mostrar una conexión más intensa, pero la red parecía ir más allá de conexiones evidentes entre individuos idénticos.

Este detalle es importante porque sugiere que el sistema subterráneo de los hongos podría ser más amplio, flexible y dinámico de lo que se pensaba.

Lo más sorprendente del experimento: cómo reaccionó la red al agua

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio fue la respuesta a la alteración del entorno.

Cuando los investigadores añadieron agua del grifo en la base de una seta concreta, el flujo medio de información entre los esporocarpos aumentó de forma significativa. Sin embargo, cuando añadieron agua a toda la zona tratada, ese flujo se redujo notablemente.

Esto abre una lectura ecológica fascinante: parece que la red responde con más intensidad cuando el cambio es localizado, cuando aparece un contraste en una parte concreta del sistema. En cambio, cuando todo el entorno recibe el mismo estímulo a la vez, la necesidad de diferenciar señales disminuye y la red pierde intensidad en ese intercambio.

Dicho de otra forma, no solo importa el agua. Importa dónde aparece, cómo cambia el entorno y qué diferencia genera dentro de la red.

¿Y qué pasó con la orina?

Este es el punto que más titulares ha generado, pero también el que más se ha simplificado.

El estudio sí probó la adición de orina como estímulo, pero el efecto observado fue mínimo sobre la magnitud del flujo de información. Los propios autores plantean una explicación razonable: la urea necesita tiempo para transformarse en amonio en el suelo, y el periodo de observación probablemente era demasiado corto para captar un cambio fisiológico más lento.

Esto significa que la lectura rigurosa del estudio no es que “la orina bloquea de inmediato la comunicación de los hongos”, sino algo mucho más matizado: el agua provocó una respuesta rápida y medible, mientras que la orina apenas mostró un efecto inmediato comparable en este diseño experimental.

Y ese matiz cambia bastante la historia.

¿Están los hongos “hablando”?

Aquí conviene ser precisos.

No, este estudio no demuestra que los hongos hablen como los seres humanos, ni que tengan conciencia, ni que exista un lenguaje en sentido animal. Lo que sí muestra es que presentan variaciones de potencial eléctrico con patrones de dirección, intensidad y respuesta al entorno.

Es decir, la ciencia no está diciendo que el bosque tenga una conversación secreta como en una novela. Lo que está diciendo es algo igual de fascinante: el sistema fúngico es bioeléctricamente activo y sensible a cambios ambientales, y esa actividad puede formar parte de procesos de señalización ecológica que aún estamos empezando a entender.

Una red más compleja de lo que parecía

Otro aspecto muy interesante del estudio es que los hongos no se comportaron como una suma de individuos aislados. En algunos casos, la distancia genética no explicó por sí sola la intensidad del flujo, y los autores plantean que varios esporocarpos podrían formar parte de una misma red micelial subterránea más extensa de lo que aparentan en superficie.

También observaron que existía cierta direccionalidad en la transmisión: algunos esporocarpos parecían comportarse más como emisores y otros más como receptores, aunque ese patrón no era fijo y podía cambiar temporalmente.

Esto refuerza la idea de que el micelio no es simplemente una estructura estática que ocupa el suelo, sino una red activa que responde, redistribuye y se reorganiza.

Por qué este estudio importa tanto

Durante años se ha hablado del micelio como una gran red ecológica, pero no siempre con el mismo nivel de rigor. Este trabajo importa porque lleva esa conversación un paso más allá: pasa de la metáfora a la medición.

Ya no estamos solo diciendo que el bosque parece conectado. Estamos viendo datos reales que muestran actividad eléctrica compartida entre setas en condiciones naturales.

Y eso cambia la forma en la que entendemos el suelo forestal.

El suelo ya no puede verse como un mero soporte donde crecen raíces y aparecen setas de vez en cuando. Empieza a revelarse como una capa viva, dinámica y altamente sensible, donde los hongos desempeñan un papel central.

Lo que esta investigación nos enseña al salir al monte

Más allá del titular impactante, la gran lección es ecológica.

El bosque funciona como un sistema interconectado, y los hongos forman parte esencial de ese equilibrio. No solo descomponen materia orgánica o ayudan al intercambio de nutrientes. También parecen participar en procesos de señalización bioeléctrica que reflejan el estado del entorno.

Cuando comprendes esto, dejas de ver el suelo como algo inerte. Empiezas a verlo como una superficie llena de actividad invisible.

Y entonces caminar por el bosque cambia por completo.

 

 

La visión Ecoturnava

En Ecoturnava, esta idea encaja perfectamente con lo que la experiencia de campo lleva años mostrando: cuando el suelo está sano, el bosque responde. Cuando el ecosistema conserva su equilibrio, la diversidad fúngica aparece con fuerza. Y cuando comprendemos mejor el papel del micelio, entendemos que los hongos no son un detalle secundario del paisaje, sino una parte esencial de su funcionamiento.

La ciencia empieza ahora a poner cifras, datos y experimentos a algo que el monte lleva millones de años haciendo.

Conclusión

Los hongos no necesitan voz para demostrar que el bosque está vivo.

Este estudio muestra que pueden existir flujos de información eléctrica entre setas en el medio natural, que esos flujos cambian según el entorno y que el agua, cuando altera localmente el sistema, desencadena una respuesta clara en la red. La orina, en cambio, apenas tuvo efecto inmediato en este experimento.

Y quizá esa sea la parte más fascinante de todas:

el bosque nunca estuvo en silencio.
Solo que hasta ahora no sabíamos cómo escucharlo.


Si te interesa la micología real, explicada con rigor y conectada con la experiencia directa en la naturaleza, sigue leyendo el blog de Ecoturnava y descubre el bosque desde una perspectiva mucho más profunda.

 

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